RAQUEL E ROSA
Sentí, primero, sus manos suaves y huesudas acariciando mis mejillas, luego su aliento en mi boca. El amor discurría lentamente por mis dedos entre sus costillas. Besé sus labios con todo el deseo de los míos levantados por el frío que había hecho por la mañana. Mi lengua acarició su paladar y luego se unió con la suya. Las dos hablaron en silencio.
Me amó con el frágil peso de su cuerpo, arqueando las piernas, rodeando mi cuello con sus largos brazos, serpeteando sus caderas sobre las mías. Me besó largamamente, y sus besos dejaron en mi boca ese sabor amargo del deseo. Mis sienes latían violentamente. Sentí las caricias en mi pecho y, por fin, su lengua en mi sexo.
Me di la vuelta y besó mis párpados con ternura. Luego rozó sus labios con los míos, abrazó mi cintura, aliviando el dolor que había sentido en los riñones durante todo el día; noté como, poco a poco, se iba adueñando de mí esa modorra que aparece después de hacer el amor.
Me desperté con el brazo izquierdo dormido. Sentí su cabeza sobre él. Lo aparté con mimo, me levanté y, a oscuras, fui al baño. Corrí las cortinas de la ducha y un brusco chasquido sonó en el silencio de la noche. El aroma lavanda del jabón se fue apropiando del olor de su cuerpo. Pensé cómo había añorado ese olor, el suave tacto de su pelo sobre mi pecho, la calidez de sus manos abrazadas a mi cintura el escalofrío de su vientre cuando lo acariciaba; y hasta su tos de fumadora por las mañanas. Recordé como cada noche en su ausencia pensaba, una y otra vez, que le iba a pedir que se viniese a vivir conmigo, cuanto deseaba despertarme cada día con ella, lo mucho que la necesitaba y la amaba.
De vuelta a la cama, me enrosqué en su cuerpo aun dormido y me venció de nuevo el sueño.
El sol de aquella mañana de mayo golpeó mis ojos, entonces giré la cabeza hacia la izquierda, y allí estaba ella mirándome.
Ya en el portal, me besó con ansia, nos abrazos un segundo y salimos del hostal. Fuimos directamente al coche que estaba aparcado justo enfrente. Antes de ponernos en marcha le pregunté: “¿Dónde vamos, mi amor?”. Rosa me contestó: “Vámonos lejos. A Valencia. Allí no nos buscarán nuestros maridos”. Le dije: “Me pregunto qué echará de menos antes Pedro, a su coche o a mí”. Rosa sonrió y entonces recordé aquella mirada luminosa, despreocupada de cuando las dos teníamos trece años. Grité “Prepárate, Valencia, que vamos a por ti” y puse en marcha el motor del viejo Opel.
Gracias, Noemí, por regalarme esta maravillosa ilustración.
Espero que Raquel y Rosa se sigan comiendo a besos con sus miradas.



1. roris o Sábado, 30/08/2008 ás 2:19:
bonita historia, me gustan los finales felices
2. apoeta o Domingo, 31/08/2008 ás 0:20:
que bonito e o amor mentres dura e en realidad e verdadeiro.
espero que se sigan querendo e sobor de todo repectando VIVA O AMOR!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!