A continuación, un artículo que nos envían unas compañeras de Galapagar (Madrid) denunciando el desmantelamiento de la concejalía de Igualdad.
LAS INSTITUCIONES COMO ESPACIOS PRESTADOS
Maite Alvarez Piñer, Purificación Pliego y Belén Nogueiras.
Madrid, enero de 2009
Hubo un tiempo, no hace todavía treinta años, en que el interés y el deseo de muchas mujeres que provenían del Movimiento Feminista o de diferentes Organizaciones Políticas dieron lugar a la creación de distintos espacios dentro de las instituciones públicas que posibilitasen a las mujeres el encuentro, la reflexión, la búsqueda de otra manera de entender el mundo, las relaciones y la vida fuera de lo preestablecido hasta entonces.
Se vivían momentos apasionantes en los que muchas pensábamos que todo podía ser posible. Partiendo de estas expectativas se crearon, unos años después, las primeras Concejalías de Mujer que generaron en poco tiempo unos servicios desde donde se intentó dar cabida a mujeres (el 50% de la población, no lo olvidemos) que con sus expectativas, sus procesos de vida, sus deseos, su forma de estar en el mundo, fueron creando unos espacios vivos y peculiares donde surgieron vínculos y relaciones diferentes tanto entre las mujeres como incluso de éstas con la propia administración.
De tanta implicación personal/profesional de muchas técnicas y algunas políticas, de tanto deseo, de tanta voluntad compartida van naciendo unos equipos que construyen códigos, metodologías y, sobre todo un peculiar cuidado de las relaciones, que fluyen cercanas, espontáneas, creativas, atrevidas, fuera del marco institucional y administrativo jerarquizado, una práctica que tiene que ver con la política de las mujeres.
Estos equipos constituyen una herramienta preciosa cuya solidez suele provocar recelos en una administración remisa a cambios de cualquier índole, lo que ha contribuido a que el trabajo y el hacer de muchas mujeres haya sido una vez más invisibilizado, porque lógicamente y dentro de su concepción androcéntrica, solo cabía la asimilación a un único modelo posible, el masculino.
La coherencia de un sistema ya antiguo, al que muchas continuamos llamando patriarcal, con sus distintos modelos de intervención bien ajustada a sus criterios, con “sus” normas, “sus” protocolos, “su” división de las mujeres según “sus” clasificaciones, más la proliferación de servicios adjudicados a empresas muy alejadas de cualquier sentir, pensar o hacer en femenino, ha contribuido a que en poco tiempo se vayan renombrando, redistribuyendo, parcializando, excluyendo estos espacios, abortando programas con sentido y dando lugar a actividades cada vez mas neutras y asépticas.
Como consecuencia de tanto sinsentido presenciamos desde hace tiempo, cómo las Concejalías de Mujer se han convertido en objeto de subasta, con sus privatizaciones, sus empleos precarios, sus reducciones presupuestarias, su cambio de nombre, el vaciado de su contenido y sentido. Y hoy, 29 de diciembre, asistimos impávidas al desmantelamiento de la Concejalía de Mujer de Galapagar, que se acaba de caer con todo el equipo, esto quiere decir que hay unas mujeres que tras muchos esfuerzos, muchísimo trabajo, mucha voluntad y muchas ideas y siendo muy eficaces y eficientes, van a tener que pasar a engrosar las listas del paro y muchas otras cuya relación con la administración desde un servicio vivo y permeable va a empeorar sustancialmente.
Una vez más vemos cómo las mujeres nos convertimos en objeto, en este caso “de intervención”, y los espacios que vamos creando son percibidos por los partidos como botín de guerra e intercambio, en ese juego que muchos llaman política y algunas nombramos como caos y que, en todo caso, dista mucho de lo que, en palabras de Luisa Muraro sería la política, una forma de poner de acuerdo la convivencia de muchas y muchos con la libertad de cada una y de cada uno.
Contra el enconamiento, la confrontación, la competitividad ciega e implacable que constituyen la violencia de lo cotidiano en la política diaria desde las instituciones públicas, muchas mujeres históricamente hemos puesto en el mundo desde diversos ámbitos una práctica política ligada a la paz, al buen trato en las relaciones, a la convivencia y cuya calidad civilizadora ha permitido, entre otras cosas, que la humanidad llegue hasta aquí.
Justo ahora, en estos tiempos de igualdad arrebatadamente androcéntrica, se nos priva de lo que estábamos poniendo sobre la mesa como modelo: una diferente manera de estar y construir el mundo, modelo que se basa en otra forma de relación, de reconocimiento, de autoridad, de reconformar la vida a través de una práctica consciente, cualificada y continua, nos preguntamos: ¿Y por qué no todo ello en la administración?