
Casandra, con siete años, en el colegio
─ Don Ubaldo, pase, por favor.
─Buenos días Don Ubaldo─coreó la clase, puesta en pie─.
Habíamos pasado dos mañanas lijando los pupitres para después pasar a encerarlos. Las mesas de madera habían sido tatuadas furtivamente en las largas horas de clase, con corazones y flechas, nombres de chicos y frases de amor con tinta azul y roja.
La profesora hace una semana nos comentó que vendría el Inspector de Educación a visitarnos y que todo tendría que estar como los chorros del oro. Se dirigió a mí para advertirme de la severidad de Don Ubaldo y de las graves consecuencias que tendría si no mostraba una conducta apropiada. “Don Ubaldo no es tan indulgente como yo, y si sabe cómo es usted realmente, y quizás tenga ya algún informe suyo ( los inspectores están enterados de todo), a buen seguro que la mandará a un reformatorio, lejos de su familia y de sus compañeras”.
No quise ni imaginar la crueldad de Don Ubaldo. Estaba resignada al trato de Doña Livia. Le gustaba burlarse de mí delante de mis compañeras con cualquier motivo. ¡”Qué mal dibuja!”. “Se pasa el día en babia, imaginado historias”. “No hace más que leer todos esos libros de aventuras”. “Si yo fuera su madre, la pondría ahora mismo a fregar escaleras”. Todos los días me llamaba a su mesa para preguntarme la lección. Yo balbuceaba unas frases, pero luego comenzaba a tartamudear y no podía continuar. A menudo me pegaba un coscorrón. Al final de las clases, me quedaba castigada a repasar la lección que no sabía.
─Buenos días, señoritas.
Don Ubaldo era un hombre muy alto y delgado, con una frente despejada y un bigote fino. Vestía un traje de franela gris oscuro. Tenía un aíre severo.
Comenzó a pasear entre las mesas, deteniéndose de vez en cuando en un pupitre. Pasaba la mano por encima y movía la cabeza mostrando aprobación. “Estas mesas están en un buen estado”. La profesora, que lo acompañaba en su recorrido por el aula, estaba muy satisfecha.
A medida que avanzaban hacia donde yo estaba, el ritmo de mi corazón se fue acelerando. De repente me dí cuenta que en el estante de mi pupitre estaba Mina. Era una araña que encontré hace dos días en el suelo, la metí en la caja del boli Inoxcrom que me trajeron los Reyes Magos. De vez en cuando la ponía encima de la mesa para observar sus movimientos, luego la volvía a poner en su lugar. Precisamente esa misma mañana había decidido que la liberaría de su encierro hoy mismo
Don Ubaldo se detuvo junto a mí. Puso sus manos en mis hombros y por un momento pensé que iba a descubrir a Mina, pero sólo me dijo que cuidase un poco más los libros. El libro de Geometría que tenía encima de la mesa estaba plagado de dibujitos.
─Bueno, Doña Livia, veo que el aula está en perfecto estado.
Me pareció que la profesora se ruborizaba, mientras sonreía.
—Gracias, Don Ubaldo. Ahora, si le parece, podríamos llamar a dos alumnas para que den la lección de Geografía Española de hoy.
—Muy bien. Pués encárguese usted misma de designarlas.
—Beatriz y Violeta al mapa.
Deseé morirme en ese momento. Al mapa, nada menos que al mapa de España.Y encima, delante del cruel Inspector.
Beatriz declamó los cabos de España con una rapidez y una seguridad envidiables, mientras los iba señalando con una regla de madera: Machicaco en Vizcaya, Peñas en Asturias… En un suspiro llegó a Rosas en Gerona, y se quedó mirando a la profesora que le devolvió una sonrisa de aprobación.
─Muy bien, Doña Livia. Pero, ¿no deberían estudiar los cabos el curso que viene?
─Sí, Señor Inspector, pero mis alumnas, salvo raras excepciones, siempre van por delante. Eso las distingue de las demás. Ahora, si le parece, Violeta nos dará los golfos de España.
Los “golfos”. ¡Dios mío! Me enfrenté al mapa mudo de España y comencé a temblar. Esperaba que no se notase mucho. Después de un instante que me pareció un siglo, Don Ubaldo me preguntó:
─Vamos a ver, Violeta: ¿Usted, sabe lo que es un golfo?
─Un golfo… Un golfo es…
─Sí, un golfo ─subrayó la profesora, alargando todas las letras de la palabra.
Agarré fuertemente la regla entre mis manos para disimular el temblor, junté las piernas. De pronto sentí unas ganas de mear irrefrenables. Junté las dos piernas. Pero, no pude evitarlo y pasados unos instantes un hilillo líquido y caliente se deslizó por mis piernas, hasta hacer un charco en el suelo.
Don Ubaldo me miró por encima de sus gafas. “¿Está enferma, señorita?”.
─¿Me va a castigar? Por favor, no me mande al reformatorio.
─¿Al reformatorio? Pero, ¿qué está diciendo? ¿Qué le pasa a esta niña, Doña Livia?
─Ya ve Don Ubaldo, una extravagante. Eso es lo que es. Se pasa todo el día con la cabeza en otra parte, leyendo no sé que cuentos, escribiendo historias raras… Y es un auténtico zote. No hay un día que traiga aprendida la lección. Ahora viene con lo del reformatorio. Como ha podido comprobar, en medio de la excelencia siempre hay alguna excepción.
Doña Livia me acompañó hasta la puerta.
─Vaya a cambiarse a casa y no vuelva hasta la tarde.
Jamás olvidé aquella sonrisa burlona.


1. roris o Mércores, 08/07/2009 ás 12:30:
q riquiña casandra con sus trencitas!! una pequeña pipicalzaslargas en potencia??
2. Carmucha o Xoves, 09/07/2009 ás 9:09:
¡¡Que pena que no sólo sea un cuento!! Ninguna Casandra se merecía ese trato.
3. mariola o Venres, 17/07/2009 ás 13:23:
…Así era o ensino e a meirande parte dos mestres e mestras desa época.
E nalgúns casos, as capacidades e recursos personais deses nenos e nenas -a pesares dos seus ensinates- quedou demostrada co paso do tempo. E a incomptencia e a ineptitude de quenes tiñan a responsabilidade de tasmitir valores, principios e coñecementos, tamén.
outros rapaces e rapazas non tiveron tanta sorte!!!
Mariola
4. roris o Domingo, 19/07/2009 ás 23:28:
y nosa enriqueta que non lle deixaban exercer!!!