
Acaba de desvestirse. Solo le queda quitar la peluca, una Kanekalon pelirroja de media melena. Y las pestañas. Por último, se aplica el quita maquillaje; no hay tiempo ni para la crema limpiadora. Después, una ducha rápida, pero imprescindible para despejarse y desprenderse del olor a tabaco.
─¿Dónde habré puesto el alzacuello? ─se pregunta, mientras mira entre los potingues de la cómoda─.
Va a llegar tarde a misa de ocho, y es la tercera vez este mes.

